jueves, 3 de enero de 2008

El Partido Popular ha sido engañado

Este es un claro ejemplo de cómo la poderosa industria tabaquera tiene capacidad para usar un signo político al completo en pro de sus intereses. Es lo que estamos viendo estos últimos años: cómo el Partido Popular ha sido vilmente engañado con datos falsos aportados por la propia industria tabaquera disfrazada de consejera electoral. Atendiendo a la lógica, el Partido Popular debe percatarse de su error. La cuestión es cuándo.

Una cosa es defender el interés general de los empresarios y su libertad, lo cual no me parece ni bien ni mal, y otra cosa bien diferente es defender a toda costa los intereses de un sector empresarial particular en detrimento del de los demás. Esto último es un error si se trata de conseguir más votos.

Cómo ha sobrevenido el error

Se ha buscado en estos últimos años un cambio que permitiese ofrecer al PP una imagen fresca e innovadora a la vez que fidedigna. Así, el elector, vería en términos económicos más efectiva su gestión que la del actual gobierno. Para ello, el partido se abrió a la influencia de las consignas neoliberales sin saber que a España llegan por un cauce mediado; no a gusto del mundo empresarial en general, sino de unos intereses en particular: los de la Industria Tabaquera.

La percepción directa les dice a los ideólogos del partido que en la vieja Europa, llena de rojerío y de progres, se han instaurado las perniciosas políticas reguladoras contra el tabaco. Pero la lógica no parece decirles que esas restricciones han sido importadas del país que con más éxito cultiva el liberalismo: los EEUU.

En los EEUU, se prohíbe y se regula el consumo de tabaco porque ya se comprobó que no funcionaba lo de convencer, motivar, incentivar... y que además perjudicaba al resto de los sectores eso de fumar tanto, a todas horas y en todos sitios. Las férreas regulaciones del tabaco son exactamente igual de necesarias que las leyes antimonopolio en cualquier entorno liberal. Pero parece como si el liberalismo bien entendido estuviese sujeto a derechos de patente y, a los negros y a los hispanos, sólo se les hubiese concedido licencia de uso con una cláusula final que especifica: “Podrá llevarse a cabo el uso y abuso de doctrinas liberales en España e Iberoamérica con la sola condición de que así se protejan y favorezcan los intereses de la Industria Tabaquera. Quedando esta premisa como obligación contractual única para las partes.”

En cuanto a la opinión que tienen los votantes del PP al respecto, en el fondo es la misma que la de cualquiera. Es absurdo asignar una opinión sobre la regulación del consumo de tabaco a un determinado signo político, salvo que se quiera fomentar el conflicto entre la mayoría de los adeptos a un mismo partido. Con la regulación de la venta pasa algo parecido. En realidad, es una cosa que no debería tener nada que ver con política.

Los que fuman y los que no fuman, pueden pertenecer a cualquier ideología política. Tanto detractores como seguidores del tabaco, pueden ser del PP o del PSOE. Pero la variable principal que no se está teniendo en cuenta es la sinceridad consigo mismo del votante en la intimidad, donde olvida las discusiones tabaqueras y se remite al sentido común. El voto es secreto y, en la cabina, casi nadie está interesado en que se fume más o en más sitios; más bien todo lo contrario. La mayoría de los fumadores quieren dejar el hábito. Por otra parte, los que no fuman quieren más locales libres de humo y que les atufen lo menos posible con el hollín carcinogénico. Es obvio que los que tengan un negocio relacionado con el gremio, votarán desesperadamente al PP -cosa que harán en cualquier caso- pero los que venden tabaco son unos pocos y, los que lo compran, casi la mitad del censo. Los que ni venden ni compran, son la otra mitad restante.

Si preguntamos a los ciudadanos de a pie por su opinión sincera sobre la oposición del PP a las regulaciones del tabaco existentes, independientemente de que sean o no fumadores, la mayoría reconocerá el error y la mala imagen que está dando el partido en su acercamiento al problema. Todo votante concienciado sabe que algo así sólo favorece a la industria tabaquera, deja indiferente a la mayoría de los fumadores y disgusta a los que no fuman. Los pocos fumadores exaltados restantes, suelen pertenecer al típico grueso del censo que no acude a las urnas el día de la votación porque prefiere aprovechar para quedarse en el bar.

He conocido a más de uno que prefiere votar al PSOE sólo porque piensa que va a prohibir en breve fumar en todos los locales de ocio. Por otro lado, no he conocido a nadie que diga que sólo votará al PP porque va a dejar fumar en más sitios. Para muchos, esto último, es algo sugerente y divertido para decirlo en un día de fiesta con dos copas de más, pero no va en serio. La inmensa mayoría cree que en el fondo es necesario endurecer las prohibiciones. En conclusión, el PP va a perder votos por culpa de la industria tabaquera, mientras el PSOE los va a ganar gracias a ella.

miércoles, 2 de enero de 2008

Pensiones y tabaco

“La muerte prematura de los cotizantes ocasionada por enfermedades relacionadas con el tabaco permite que el estado se ahorre dinero en pensiones”.

Desde los años 90, portavoces de la Industria han ideado este paranoide argumento para justificar la conveniencia económica del consumo de tabaco. La obra de Manning In Defense of Smoking pormenoriza los mecanismos que hacen posible este milagro en las arcas públicas. Con la inminencia de la ley 28/05, el economista y filósofo Xavier Salá i Martín realimentó este inhumano disparate con su aclamado, premiado y vitoreado artículo Limitar nuestra libertad.

Como siempre, la industria ofrece datos matemáticos aislados y fáciles de asimilar para el vulgo. Es una estrategia bastante usada; la de propagar y repetir alto y claro consignas sencillas basadas en absurdos lógicos que calan en la opinión pública más ruidosa. Los matices se obvian o se desacreditan.

España es uno de los países de Europa en los que más puestos de trabajo improductivos hay. El rendimiento laboral es claramente inferior al de nuestros vecinos y, además, presenta igualmente uno de los índices más elevados de absentismo laboral. Casualmente, es uno de los países con mayor proporción de fumadores entre la población activa (casi el 50 %). Ya que hay que tener en cuenta que, por razones histórico-culturales, las amas de casa tradicionales y las mujeres de avanzada edad apenas fuman. En los países anglosajones, los índices de tabaquismo según edad, sexo y condición se hallan distribuidos de forma más homogénea. Por supuesto, además son inferiores en términos globales.

Dejando a un lado consideraciones morales, permitir que la gente muera antes por culpa del tabaco, no es una solución eficaz para garantizar las pensiones en el futuro inmediato. El envejecimiento demográfico es un hecho como también lo es el aumento de la esperanza de vida. Lo normal es que los avances médicos mejoren nuestra calidad de vida a la par que nuestra longevidad. El que el trabajador viva más allá de la edad de jubilación, ciertamente, ocasiona un gasto público. Pero una adaptación de los períodos de cotización del trabajador a esta nueva realidad compensa los costes de manera sobrada; cosa que el tabaco no hace.

La clave radica en prolongar la edad de jubilación gradualmente conforme crece la esperanza de vida y se mejora su calidad gracias a la reducción del consumo de tabaco. Si una persona ha vivido hasta los 95 años es posible que haya disfrutado de una larga y productiva vida ¿Acaso no hubiese podido prolongar de manera ininterrumpida su tiempo de cotización hasta más allá de los 70 años?. Por su parte, si un fumador ha muerto a los 70 años, es posible que sea porque haya sufrido una enfermedad que lo ha tenido incapacitado para toda actividad laboral prematuramente; digamos desde que tenía 60 años. Si a ello unimos las bajas por enfermedad, la pérdida de productividad a causa de los achaques previos y el consiguiente gasto sanitario extra, la rentabilidad de haberse muerto de tabaquismo “antes que por otras causas” queda en tela de juicio.

PNF

viernes, 28 de diciembre de 2007

Definición de tabaquismo

En la R.A.E aparece la siguiente definición: “1. m. Intoxicación crónica producida por el abuso del tabaco.”. Hoy en día, con todo lo que sabemos sobre los diferentes aspectos del problema, podrían figurar otras acepciones; no la estrictamente médica. La R.A.E da a entender que el acto de fumar pertenece a la misma categoría que otros actos básicos como comer, hablar, vestirse o dormir. Entonces, para aquellos que piensen que el tabaco es una droga o un veneno y pongan en entredicho la legitimidad de la venta de tabaco, resulta extraño que se hable sólo de abuso en el consumo; máxime si son los gobiernos y las tabaqueras las que negocian un baremo sobre el que evaluar y establecer el umbral del abuso entre el público.

Quien definió ese término parece distinguir entre uso, mal uso y abuso; cosa bastante absurda si consideramos objetivamente el acto de consumir tabaco, sobre todo el fumado, y queremos ver que meterse humo en los pulmones es algo bastante normal toda vez que nos obstinamos en apreciar en ello un uso razonable, dependiendo de la comedidura del que fuma. Claro, nos basamos en la fanática creencia de que meterse humo en los pulmones para luego tratar de expulsarlo es algo necesitado y ansiado por gran parte de la humanidad, sin explicaciones ulteriores, y que la adicción al tabaco y la manipulación social no existen.

Se fuma porque se fuma y ya está. A partir de ahí se define tabaquismo. El tabaquismo, para la R.A.E, hace referencia a las desgraciadas consecuencias lógicas de un hecho. Mientras, los verdaderos causantes de la enfermedad permanecen ocultos a la realidad académica y a nuestra percepción. De la misma manera que el sol sale por la mañana o existen los abrigos para protegernos del frío, los cigarros existen, son legales y se fuman.

Por tanto, se considera el tabaquismo como una enfermedad únicamente achacable a los malos usos del individuo. Se da por sentado que éste es libre y responsable pero no se tienen en cuenta los agentes exógenos que pueden llevarlo a fumar; no se tienen en cuenta a los beneficiarios directos de una enfermedad extraña. La realidad es que el adicto a los productos del tabaco sólo sufre los síntomas de una patología ajena pero no es un enfermo y, si lo es, su enfermedad ha sido inoculada por otros; no contraída de manera natural, fortuita o por culpa de la fatalidad. La lógica dice que las calles se mojan al llover. De igual forma, si se auspicia el consumo de tabaco, la población enferma. Tabaquismo no es sólo una enfermedad de la que un 30% de la población deba ser tratada por culpa de su débil biología proclive al vicio. El tabaquismo es también un problema de otros que insisten en enfermar a la gente para luego curarla.

Tabaquismo es que el Estado incluya al tabaco en el cálculo para el I.P.C. Tabaquismo es una enfermedad como la que padece el panfleto de la Comunidad Autónoma de Madrid que presenta por ley a los que fuman como si conformasen un colectivo perseguido orgulloso de su identidad. Tabaquismo es que se antepongan los intereses particulares de la industria y los intereses electoralistas a una política sanitaria coherente y al bienestar social. Tabaquismo es que el gobierno se niegue a endurecer o aplicar leyes para proteger a los que no fuman. Tabaquismo es la connivencia de la prensa y parte de la clase política en el apoyo al terrorismo mediático de los intereses tabaqueros. Tabaquismo es que se sienten a negociar en una misma mesa Gobierno, portavoces de gremios de hostelería y restauración, la AET y a la parte de la sociedad civil que tiene que decir algo al respecto como parte perjudicada sea oída pero no escuchada et cetera, et cetera.

PNF